Del cálculo numérico a la creatividad abierta

A mediados de los años sesenta del siglo XX, en un momento histórico en el que nuestro país permanecía sumido en una oscuridad política que imponía distancias –prácticamente insalvables– con el progreso científico, social y cultural que se consolidaba con fuerza en los países de nuestro entorno, la Universidad Complutense se situó en las vanguardias de la ciencia y la tecnología con la creación del Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid (CCUM) y la firma del convenio con la empresa IBM, S.A.E, con el objetivo de aplicar las técnicas del cálculo automático a la investigación y a la docencia universitarias.

Pero aquella primera máquina, una IBM 7090 no cumplió únicamente y como era de esperar, con su función original de procesamiento y producción de información para el soporte del conocimiento científico. Por supuesto, desde el Centro de Cálculo se propició la organización de seminarios, de conferencias y de congresos científicos. Pero también se favoreció la investigación interdisciplinar y la cooperación interuniversitaria, en momentos enlos que éstas no formaban parte del denominador común de la ciencia que se hacía en este país. Y en un ejercicio de innovación universitaria sin precedentes, se participó de la creación artística más vanguardista potenciando y facilitando las tareas creativas y la generación automática de formas plásticas. El Centro de Cálculo cabalgó así a lomos del futuro con aquellos ordenadores que permitieron que el arte y la tecnología caminaran juntos, en un nuevo modelo holístico de conocimiento. El ordenador, con su potencia simuladora, se habría convertido también en una “prótesis de la mente”, al servicio de la imaginación creadora del artista.

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